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Descontagiar el pensamiento

 

Límites en el confinamiento | Foto: @master1305

Adrián Claudio Bonache (@otroadri)

Entre los derechos y la pandemia hemos comenzado a descubrir. Los ciudadanos hemos establecido nuestros propios límites y las instituciones nos han impuesto otros. Cada uno de nosotros, como un individuo más que se enfrenta a un problema social como es la crisis sanitaria, nos hemos visto obligados, ya sea por conciencia o por órdenes autoritarias, a cambiar nuestro modo de vida, nuestra forma de socialización, nuestros actos e incluso nuestra conciencia política y social.

La filósofa Marina Garcés comentó en Carne Cruda que vivimos en el siglo de los límites, donde cada vez se establecen incluso de manera natural unos límites surgidos, en cierta parte, de la sociedad de consumo, la cual descuida hasta los aspectos más esenciales para la maquinaria mundial, como son los recursos naturales. Aunque este problema se observa también en los aspectos sociales que se han visto atacados especialmente durante la pandemia. El confinamiento total del país supuso la ruptura del modo de vida y de todos los aspectos que conocíamos: surgió un temor masivo por la imposibilidad de pagar los alquileres (esta realidad existía anteriormente, sin embargo, se extendió a un mayor sector de la población), por no poder pagar los alimentos, por el desabastecimiento de los supermercados… Pero el orden político no se modificó, sino que se prolongó a la vez que mostraba su verdadera cara: imposiciones desde las instituciones, olvido de la ciudadanía para participar en decisiones tan importantes para combatir una crisis sanitaria…

Resulta curioso que, en tiempos donde todo lo que conocíamos chocaba con los límites, algunos sectores como el de la investigación tuviese la necesidad y obligación de combatir a contracorriente lo desconocido, es decir, acabar con los límites para encontrar soluciones.

Por otra parte, aprendimos a respaldarnos en la comunicación digital a través de las redes sociales para informarnos y socializar, para sentirnos unidos, crear comunidad, alejarnos del tormento, del miedo y del “hasta cuándo durará”. Con las redes sociales aprendimos a vivir con límites intentando evadirnos de ellos.

El investigador Amador Fernández-Savater quiso recalcar la atención. Este factor, tan obviado como fundamental, está ligado directamente con la inmediatez y por los constantes proyectos, es decir, por el modo de vida que predomina en la actualidad. Y más que un modo de vida se ha convertido en un modo de trabajo continuo que está presente incluso en nuestros tiempos “libres”. Nunca terminamos nuestras tareas, aunque nosotros pensemos que sí. Estamos pendientes a correos electrónicos, a la conciliación familiar, cuidado de niños, mantenimiento de marcas personales, etc., porque al fin y al cabo toda la nuestra vida se basa en intentar mantener lo que ya tenemos o trabajar para “profesionalizar” nuestra marca de cara al futuro para hacernos un hueco en el mercado laboral. Este modo de vida (o de trabajo) lo aceptamos todos al criarnos, formarnos y vivir en un modelo que sustenta esta forma de ser o de organización, especialmente si el grueso de nuestro futuro, ingresos o socialización se centran mayoritariamente en la vía digital.

Como siempre, cualquier modo de organización o funcionamiento tiene repercusiones directas en los ciudadanos, que acabamos sintiendo la necesidad de formar parte de algo, de adaptación o de sentirnos útiles, llegando a deprimirnos o sentir un vacío al pensar que no estamos cumpliendo con un papel de aprovechamiento incluso en los momentos que debemos dedicarlos a nosotros mismos, a nuestra persona y a nuestras propias preguntas.

Tenemos la sensación de que nunca llegamos a lo que realmente queremos y, cuando lo intentamos, sentimos que no podemos. Por eso, debemos hacer una reflexión sobre el uso de las herramientas de las que disponemos, como por ejemplo las redes sociales que en un principio surgían para facilitar la comunicación, adquirir información y otros aspectos que nos beneficiaban. Su uso actual está, en cierta parte, sustentando un modo de vida (o de trabajo) insostenible para la conciliación y salud mental de los ciudadanos (sobre todo en el contexto contemporáneo que estamos viviendo). Es por este motivo que una vez hayamos podido acabar con la crisis sanitaria deberemos enfrentarnos a una crisis también extendida: el contagio del pensamiento.


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